Un mejor lugar

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 Después de tanto tiempo volví para ver como iban mis cuentas que supuestamente ya había eliminado. Pero me doy cuenta que no, que no se eliminó el blog ni mucho menos sus lectores se han ido. ¿por qué? no lo sé, pero creo entender que la gente sigue ahí porque le gusta lo que lee. He decidido dejar blogger y mudarme a Wordpress. Allí estaré escribiendo de todo un poco y creo, que está mejor organizado para ustedes, que de alguna u otra forma siguen visitando este blog que en pocos días morirá. Les agradezco su amabilidad y colaboración. Los invito a que hagan parte del nuevo blog, tal vez, no se arrepientan. 

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Dos libros para leer antes de terminar septiembre

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La literatura es un escape, una salida de este mundo caótico y hostil, una medicina en los días tristes, soleados, lluviosos y felices. Por esa razón recomendamos dos libros con el fin que los disfruten y sobre todo, que no pierdan el ritmo de lectura o, que inicien uno que sea una adicción para hacer su vida mejor y sobre todo, para que se aleje de tanta ignorancia y aprenda a ver el mundo con otros ojos, con otros argumentos, con otras historias

La primera lectura viene de un escritor norteamericano, el gran Ernest Hemingway quien con una novela publicada tres años después de su muerte (1964), nos muestra una "autobiografía" de su vida en París con su esposa y el sueño de ser escritor, los errores y los momentos difíciles que vivió para lograr su objetivo. Como bien sabemos París fue la cuna de muchos escritores y sobre todo en esta época en donde aparece el gran Hemingway, Dalí, Scott Fitzgerald y entre otros grandes escritores y artistas que buscaban un sueño y se dio gracias a la magia de un país misterioso, que siempre los acogió y les abrió las puertas de la imaginación y la rigurosidad. 

París era una fiesta


Luego otra vez a escribir y me metí tan adentro en el cuento que allí me perdí. Ya lo escribía yo y no se escribía solo, y no levanté los ojos ni supe la hora ni guardé noción del lugar ni pedí otro ron Saint James. Estaba harto del ron Saint James sin darme cuenta de que estaba harto. Al fin el cuento quedó listo y yo cansado. Leí el último párrafo y luego levanté los ojos y busqué a la chica y se había marchado. por lo menos que esté con un hombre que valga la pena. Pensé. Pero me dio tristeza.



La siguiente lectura viene de un escritor colombiano y quien ha recibido grandes comentarios y galardones por parte de la prensa europea y los críticos norteamericanos. Juan Gabriel Vásquez nos deleita con una novela sobre los alemanes que llegaron a Colombia corriendo de la maldad de Hitler y se encontraron con un país lleno de indiferencia y prejuicios sobre los extranjeros. Una Bogotá de mitad del siglo XX y una Colombia con problema políticos serios, son los argumentos que giran alrededor de Gabriel Santoro y Sara Güterman los protagonistas y los Informantes de una historia llena de misterios y traiciones.

Los Informantes   


Una novela elaborada desde los archivos de la Colombia de aquel entonces, de las informaciones de miles de testigos y la capacidad narrativa de Vásquez para contar en 377 páginas, una historia que cruza la moral, la ética, la historia y la dignidad de miles de personas que prefirieron después del tiempo, olvidar un episodio negro de su vida en este país del sagrado corazón.



Sobre Andrés Caicedo

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En el número 166 de la revista el Malpensante, hay un texto escrito sobre Andrés Caicedo y su famosa frase: “Dejar obra y morir tranquilo”. Esta frase que es una de las más representativas del escritor caleño, da muestra de su afán por salir de este mundo caótico en el cual estaba envuelto y del cual se sentía tan extraño que jamás logró entenderse ni entender aquellos que lo rodeaban. El artículo escrito nada más ni nada menos que por Juan Gabriel Vásquez –ya hace parte de mis autores de cabecera-, expone una tesis que me sorprendió de sobremanera puesto que, no creía que hubiese una consideración tan amable a la obra de Caicedo por parte de un escritor consagrado como Vásquez, pues siempre es normal encontrar en estos textos que hacen referencia al escritor caleño como alguien precoz y poco maduro para la literatura, que su muerte fue el espectáculo para que se diera a conocer y que ese síndrome de creerse autor maldito, ha generado que miles de lectores jóvenes lo vean como un héroe cuando en realidad es un autor de segunda.

Esto lo digo con la veracidad del caso en un artículo que escribí hace algunos años con el nombre: recordando a un viejo amigo, texto escrito con rabia contra Pilar Quintero quien había hecho algunos comentarios en otro artículo sobre la vida de Andrés, pero que la verdad, eran tan pobres y mediocres que media comunidad académica salió atacar el artículo. 

Mi tesis en aquel entonces sobre la obra de Andrés Caicedo era básicamente resaltar la importancia de la escritura de Andrés en un tiempo en donde el Boom Latinoamericano, estaba en pleno auge y en donde no era común que los escritores se volcaran hacía la literatura urbana sino más bien, las novelas hablaban de la violencia y de esa ruralidad que traía tintes mágicos y pintorescos que llamaban mucho la atención de los lectores. Juan Gabriel Vásquez sostiene una tesis muy parecida, algo que busca invitar a borrar los mitos absurdos sobre la obra y la vida de Andrés, que a diferencia de Pilar –desconozco si Vásquez conoció el texto- Andrés escribió porque no había otra forma de desafiar el mundo, porque no sentía otra salida entre tanto caos y tanto desenfreno. El melómano y tímido joven de veinticuatro años se negó a crecer y junto a su miedo de madurez, acató su orden de hace trece años de acabar con su vida porque ya no valía la pena. Así que se suicidó y dejó una novela: ¡Que viva la música! para sus amigos, para sus conocidos, para que en un momento determinado, su vida trascendiera en las letras y fuera recordado.

Así lo hicimos muchos, lo leímos a edades tempranas y nació esa magia que sólo podía desprenderse de un autor que tenía miedo y sorteaba todos los días con la esperanza del amor sincero de Patricia, de la publicación de la novela y de los nuevos números de la revista ojo al cine. 


Andrés brindó en los lectores jóvenes y ya de más edad, la sensación de la irreverencia en el buen sentido de la palabra, en el sueño de que sí se puede hacer cosas diferentes mientras medio mundo se vuelca hacía un solo hecho, que su escritura sí iba a trascender gracias a sus amigos, a su rigurosidad en la escritura, a su empeño para perfeccionarse, a luchar con los días y sus horas cortantes antes de dejar este mundo que tanto terror le obsequió.

El texto de Vásquez me motiva mucho y más cuando dice: “la he leído ahora, más de veinte años después -¡Que viva la música!-, y lo he hecho con cierta aprensión, caminando en puntas de pie por las páginas y las escenas, temeroso de que el hechizo de mi juventud se rompiera en cualquier momento; y mentira si dijera que me ha sorprendido encontrarme con una novela viva y vívida”. Y no podría ser de otra forma, así me encontré yo repasando una que otra vez ciertas páginas para no olvidar su magia, para sentir que valió la pena lo que hizo, aunque yo naciera trece años después de su muerte, siento que Andrés luchó demasiado por cosas que hoy en día, muchos seguimos buscando sin encontrar consuelo fijo y es hacer algo que valga la pena en la vida.

Andrés Caicedo no es un mito, ni un joven en búsqueda de fama, no es un escritor precoz, ni mucho menos inmaduro en sus líneas, Andrés es todo un decostructor de una nueva forma de hacer literatura, de algo vivido y con la necesidad de buscar siempre una salida de ese mundo que le tocó vivir, por esa razón estoy de acuerdo con Vásquez cuando indica “¡Que viva la música! no es una novela de formación, sino de deformación”.

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